Salesianos en la frontera del islam / 2a Parte

Una función social clave

Por las aulas del Centre Pere Michel pasan a diario más de 500 alumnos que cursan, en su mayoría, estudios de Formación Profesional (Mecánica, Electricidad, Agricultura y Construcciones Metálicas). Pero también se imparten lecciones de inserción laboral y alfabetización que inventan un futuro para jóvenes que dejaron las clases antes de aprender a leer y escribir.

La mayoría de esos chicos, y también de los profesores, son musulmanes. “Somos muy respetuosos con ellos y ellos con nosotros. Por la mañana hacemos una oración pero no hablamos de Jesús, sino de Dios. Por supuesto, tampoco les obligamos a hacer la señal de la cruz ni rezamos el Padre Nuestro, pero ellos saben en qué creemos y qué defendemos”, subraya Emilio. Y añade: “Buscamos lo que nos une, no lo que nos separa. Y nos respetan”.

El padre Felipe resume que su trabajo, “además de las clases, es cuidar de la comunidad de católicos que hay en la capital y en las ciudades cercanas”. “Tenemos que reconocer que no podemos aspirar a conseguir muchas conversiones en un país donde la población es tan mayoritariamente musulmana”, apuntilla Felipe.

La tolerancia siempre ha estado en el núcleo de las relaciones personales en un pueblo como el de Mali. Sólo así ha podido haber paz durante tantos años en un territorio con más de 15 etnias. En el plano religioso ayuda también la laxitud y apertura con la que los malienses interpretan los mandatos del Corán. “Es un país musulmán pero, como en todo el Sahel, en cuanto rascas un poco aparecen las creencias animistas de la población, que son su verdadero espíritu”, explica el padre Guillermo, también con una extensa trayectoria en el continente. “Y es curioso porque el animismo, por su relación con las imágenes, por la multiplicidad de santos y por la alegría de su vínculo con el más allá, encaja mucho mejor con el credo católico que con la austeridad del islam. Son musulmanes, pero el islam tiene poco que ver con su esencia. África está muy cerca de nosotros”, concluye Guillermo.

Avance de los radicales

Esa forma de vivir el islam ayuda a la convivencia. En Egipto, los coptos son sistemáticamente perseguidos por los salafistas. Y en Nigeria, los islamistas están vaciando las iglesias a golpe de atentado. De momento, no es ese el escenario de Mali. El presidente del Alto Consejo Islámico nacional y el arzobispo de Bamako están celebrando reuniones periódicas para analizar la crisis del país. Y no reparan en ayudarse mutuamente con la puerta del coche cuando llegan y salen de sus reuniones. La cordialidad persiste.

Pero la deja en el aire el avance del integrismo. Después de todo, Mali es la última frontera del islam en el costado más occidental de su mundo. El país es clave para su expansión. Desde hace más de un década llegan periódicamente a su territorio predicadores pakistaníes y mauritanos que defienden las visiones más rigoristas del Corán. Combaten la libertad con la que los malienses viven la fe. Y algunas de esas ideas están calando en la sociedad. Los burkas y las barbas largas son cada vez más habituales. El conflicto del norte ha acelerado la implantación de estas corrientes, que, hasta hace nada, eran completamente ajenas al país.

Acrecienta el desasosiego la inestabilidad política en la capital. “No sabemos qué ocurrirá a partir de ahora. Por lo pronto, el nuevo Ejecutivo cuenta, por primera vez, con un Ministerio de Asuntos Religiosos. Y eso no es una buena noticia. Hasta ahora la Administración siempre había estado al margen de la religión”, relata el padre Emilio. “El riesgo ahora es que empiecen a arrinconar al resto de confesiones, como ocurre en otros países musulmanes. Y parece que eso ya está ocurriendo”. En las próximas semanas, además, se producirá una intervención militar en el país para liberar el Norte del yugo del yihadismo. Sobre el papel, ese es el objetivo, pero sus consecuencias son una enorme incógnita. Ocurra lo que ocurra, los Salesianos no se marcharán. Tan seguro como que McDonald’s no va a abrir un restaurante en Bamako, al menos por ahora.

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Salesianos en la frontera del islam / 1a Parte

Salesianos en la frontera del islam

Mali es la última frontera del integrismo musulmán, amenazado por el yihadismo. Pero los salesianos del colegio Bamako han decidido no marcharse.

No hay ningún McDonald’s en Bamako. Y no porque no haya gente con ganas de comerse una hamburguesa. Las sacian en restaurantes locales que han copiado el estilo de la multinacional a un coste asequible. Pero se quedarán sin comer en un auténtico McDonald’s. En un país como Mali, con el sueldo medio rondando los 50 euros mensuales y con un conflicto político y social que va a provocar la intervención militar de Occidente, sólo permanecen sobre el terreno personas e instituciones que no ven en África únicamente un mercado en el que hacer grandes negocios.

Cuatro padres salesianos están entre los 80 españoles que siguen en Bamako pese a las advertencias de la Embajada de España, que aconseja abandonar el país. El riesgo de secuestro es máximo. También el de atentados. Los periódicos están monopolizados por las informaciones que llegan del Norte y por los últimos datos de Sanogo, el capitán del Ejército de Mali que detenta el poder del país desde que dio un golpe de Estado el pasado marzo que puso fin a dos décadas de frágil democracia. Los controles nocturnos se han intensificado. Policías y militares paran los vehículos a punta de kalashnikov buscando sobornos con los que completar su salario. El islamismo avanza entre la sociedad, amenazando con dinamitar la tolerancia con la que el pueblo maliense, musulmán en un 95%, leía el Corán y se relacionaba con otras confesiones. Hace unas semanas, algunos religiosos españoles tuvieron que huir de madrugada de la ciudad de Gao, a 700 kilómetros al norte de Bamako, ante el avance de los yihadistas. Las balas llegaron a impactar en el coche en el que escapaban. El colegio que habían levantado en ese remoto enclave ha sido completamente arrasado. La misma amenaza se cierne sobre la capital. Pero los salesianos no piensan marcharse del Centre Pere Michel, las instalaciones del barrio de Niarela en las que está su colegio y su hogar.

Adversidades

El cielo se mueve poblado de nubes densas color plomo que acaban de descargar sobre los edificios ocre de Bamako, como casi todas las tardes. Después reaparece el sol y la humedad se adhiere al cuerpo hasta que los faros de las motocicletas se adentran en las tinieblas de la noche. “La temperatura en esta época es baja. Es mucho peor entre abril y junio, que es la temporada seca. Seguro que ves algunos malienses que van muy abrigados. Este es su invierno”, cuenta Luis, un salesiano de 74 años que ha pasado por casi todas las misiones que esta orden tiene en África. “¿Difícil? Te acostumbras. No hay otro remedio. La clave está en beber mucha agua”, afirma mirando al novato con una sonrisa, restándole trascendencia a jornadas en las que se rozan los 50 ºC.

El Centre Pere Michel se despierta temprano, a las seis de la mañana, sin la luz del trópico de Cáncer. Primero los rezos, después la misa y por fin el desayuno. La mañana la absorben las clases y la labor parroquial, hasta la hora de comer, las 13.30 horas. Después viene el estudio individual en las habitaciones y más clases. Para las seis de la tarde, en los despachos que los Salesianos tienen en los barracones que parten en dos el patio ya se amontonan las citas con alumnos, padres y profesores. Hasta que el sol se esconde y se vacía el patio. La misa diaria abierta al barrio y la cena a las 19.30 horas son las últimas etapas en un día de entre semana. Luego, sólo el silencio.

En los ratos libres, los religiosos interactúan con los muchachos. Luis les cura las llagas ulcerosas que el hambre les provoca en tobillos y brazos. Guillermo enseña a los más pequeños trucos de magia. Felipe organiza el mantenimiento de los jardines con los mayores. Y Matthieu, togolés de nacimiento, único padre del centro que no procede de España, pone en práctica sus dotes de canto con el coro de la iglesia para preparar la gran misa del domingo.

Sobre los charcos que deja la lluvia, el quinto salesiano del colegio, el padre Emilio, director de la misión, juega al baloncesto con los chavales. Se pelean por tenerlo en su equipo. No le pesan sus 60 años. Le inquietan otras cosas. “En unos días comenzará el curso y veremos. No sabemos cómo nos vamos a encontrar a los chicos tras las vacaciones de verano”, confiesa Emilio con voz preocupada, “el país está en una situación difícil. En las últimas semanas, además, se han producido en Occidente algunos desafíos innecesarios al islam que sólo ponen en peligro la relación de respeto que mantenemos los cristianos que estamos aquí. No sabemos qué le habrán dicho a los chavales en su casa antes de venir”.

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