Soy protestante, ¿no? ¡pues protesto! / Parte2

En primer lugar, no se trata de que la Iglesia “haga política”, ya sea de izquierdas, de derechas, de centro, de arriba o de abajo. No es tal su cometido. La Iglesia como tal no está llamada a mezclarse con los poderes de este mundo, que constituyen una esfera muy particular de las sociedades humanas, ni a confundir su mensaje con el que estos puedan vehicular, aunque se parezcan en ocasiones o muestren puntos concomitantes. La proclama de la Iglesia, o incluso su protesta, no puede inspirarse en ideologías de tipo político ni pretender favorecer a ciertos partidos o facciones contra otros. Está fundamentada exclusivamente en la Palabra de Dios revelada en la Biblia, y tiene como objetivo la dignificación de la persona por encima de todo. Los pobres, los desahuciados, los jóvenes sin futuro, los adultos sin trabajo ni posibilidades de obtenerlo, los débiles en general, son primordialmente seres humanos, es decir, imágenes del Creador que han sido mermadas en su condición de tales por un sistema socio-político-económico esencialmente inmoral, y a los que Cristo re-dignifica. El concepto de “redención” no es otra cosa que una re-dignificación total y absoluta de la persona humana, tanto en lo referente a su relación con Dios, como en la que mantenga con los demás e incluso consigo misma. Cristo devuelve la dignidad a aquellos a quienes ha sido injustamente arrebatada. La Iglesia está ahí para decirlo bien claro, guste o no.

Por ello, y en segundo lugar, la Iglesia nunca debe ser ilusa ni creer que vive en un “país de las maravillas”; no debe caer en la trampa de los falsos triunfalismos a que son tan proclives los grupos sectarios, ni pretender que va a conquistar o a cambiar el mundo. Solo Dios ejerce el señorío sobre esta nuestra querida y vieja Tierra, y únicamente él es quien transformará todas las cosas cuando llegue ese gran momento previsto en sus designios. Mientras tanto, la Iglesia sigue el camino que se le ha trazado, porque Jesús dijo bien claro que siempre habría pobres con nosotros (Juan 12, 8a), y que las injusticias se acrecentarían (cfr. los capítulos escatológicos de Mateo 24, Marcos 13 o Lucas 21); ello significa que en cada época de la historia, el cuerpo de Cristo que componemos los creyentes tendrá la misma ingrata misión de proclama y denuncia de la injusticia con todos los medios a su alcance.

En consecuencia, y en tercer lugar, el pueblo de Dios no debe esperar aplausos ni reconocimientos por su labor. A nadie le gustan las denuncias ni verse recriminado por su actuación. Una sociedad que es esencialmente injusta jamás contemplará con buenos ojos a una institución que le señale constantemente sus errores o sus fisuras. La Iglesia no ha de pretender, por lo tanto, que su proclama o su protesta sean bien recibidas, ni siquiera por aquellos en cuyo favor las hace. Personalmente, nos causan verdadero pánico aquellas instancias religiosas, sean del tipo, la orientación o el color que fueren, empeñadas en aparecer de continuo en los medios de comunicación siempre al lado de los poderosos o vehiculando la idea de que son uña y carne con ellos. Las alianzas entre el trono y el altar, de lo cual la historia de nuestro propio país sabe mucho, desgraciadamente, nunca han beneficiado a nadie, pero el mayor perjudicado siempre ha sido el altar, de eso no nos cabe la más mínima duda.

En definitiva, el cuerpo de Cristo está llamado a una misión que más de uno llamaría casi suicida, pero que no lo es. Proclamar la dignidad inalienable de aquellos a quienes el sistema pareciera empeñado en aniquilar y protestar contra los atropellos que sufren nuestros conciudadanos (o nosotros mismos, ¿por qué no?) forma parte del Evangelio en la misma medida que las cuestiones puramente religiosas. Más aún, el mismo Santiago nos recuerda en su epístola (1, 27) la vertiente esencialmente humanitaria de la verdadera religión cristiana.

La Palabra de Dios no nos prescribe un método específico para llevar adelante esta proclamación. Solo nos dice que actuemos.

Hagámoslo en el nombre de Cristo.

vía Soy protestante, ¿no? ¡pues protesto!.

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